El Espacio Escultórico

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El Espacio Escultórico es la obra que más me ha impresionado en muchos años de visitar museos y organizar exposiciones. Realizada hace poco más de tres décadas por un colectivo conformado por Matías Goeritz, Helen Escobedo, Manuel Felguérez, Hersúa, Sebastián y Federico Silva, el Espacio Escultórico es una mezcla de recinto arquitectónico, experiencia geológica, observatorio cósmico y -en menor medida- escultura, por lo menos en el sentido más tradicional del término. La escala de la intervención es monumental: un gran terreno circular de casi 100 metros de diámetro interior, delimitado por 64 pirámides de base cuadrada. Estas grandes cuñas generan un volumen discontínuo que visto desde fuera recuerda los terraplenes de una ciudad amurallada; desde adentro, sus bordes conforman un recinto que invoca el arquetipo arquitectónico del anfiteatro. El visitante accede por los espacios abiertos entre las pirámides y puede circular libremente por el interior. De allí su nombre; una escultura que se puede experimentar desde fuera y también desde dentro no es sólo escultura: es un un espacio escultórico.

Sus usos son aún más variados, desde metafísicos como la contemplación, el viaje interior, y la peregrinación hasta más prosaicos como conciertos, mítines y recitales. Los grandes volúmenes externos definen un recinto en cuyo interior los escultores decidieron no colocar nada. Pero el espacio no está vacío: los artistas retiraron del terreno toda la vegetación y la materia orgánica y revelaron lo que subyacía: un mar de lava volcánica. Al parecer se trata de un tipo de formación geológica llamada vulcanismo islándico en el cual la lava fluye del interior y se solidifica en contacto con el aire en vez de ser expulsada y correr ladera abajo de un volcán en erupción. Tal vez esta sea la razón de su peculiar conformación, la versión a escala de un dramático paisaje de enormes cañones y profundos valles.

 

Este mar tumultuoso de lava petrificada es una topografía telúrica, retorcida y calcinada, y tiene un aspecto irreal que recuerda las imágenes de la superficie lunar y evoca la de los planetas en las películas de ciencia ficción. Pero la referencia geológica y la conciencia de estar dentro de una forma que precede a la Historia no son las únicas sensaciones poderosas que genera. Dada su situación en México, es inevitable la asociación con los grandes conjuntos ceremoniales prehispánicos como Teotihuacán, Palenque, Chichén-Itzá o Copán, en donde enormes pirámides de piedra definen grandes plazas de reunión. El anillo está orientado según los puntos cardinales, y las 64 pirámides han sido comparadas con los hexagramas del I-Ching: un observatorio astronómico contemporáneo, un Stonehenge de la modernidad latinoamericana.

 

 

Esta obra representa la confluencia entre naturaleza y cultura en su estado más básico: una geografía agreste, desprovista de signos de vida, y la cultura representada a través de uno de sus significantes más esenciales, la geometría. Circulable en su periferia y explorable en su centro, el Espacio Escultórico representa el encuentro del orden absoluto de la forma circular con el caos y la aleatoriedad de la materia.

 

José Roca.

(originalmente publicado en la sección quinientaspalabras del Periódico Arteria).