Ninguna forma de vida es inevitable.

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17/08 – 14/09  – 2013

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Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentar solo los hechos esenciales de la vida, y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar, no fuera que cuando estuviera por morir descubriera que no había vivido.

Henry David Thoreau, Walden (1854)

Ninguna forma de vida es inevitable. Analice la suya propia detenidamente. Si no le gusta, cámbiela. Pero no intente cambiarla mediante acción política; aún si consiguiera el poder, no podría hacer uso de él con mayor sabiduría que los que lo han precedido. Pida que lo dejen solo, para resolver sus problemas a su manera. Simplifique sus necesidades; aprenda a ser feliz poseyendo menos cosas.

B.F. Skinner, Walden 2 (1948)

 

Guy Ben-Ner

Milena Bonilla

Tania Candiani

Juan Carlos Delgado

Beatriz Eugenia Díaz

Luis Hernando Giraldo

Gómez & González

Alberto Lezaca

Juan Lealruiz

Daniel Joseph Martínez

Colectivo Maski

Kevin Mancera

María Angélica Medina

Marjetica Potrč

Luis Fernando Ramírez

Miguel Ángel Rojas

María Isabel Rueda

Ana María Rueda

Tomás Saraceno

Gabriel Silva

Melanie Smith

 

 

A mediados del siglo 19, Henry David Thoreau, uno de los Trascendentalistas americanos -escuela filosófica que incluyó a pensadores como Walt Whitman, John Muir,  Margaret Fuller y Ralph Waldo Emerson- se retiró a un bosque para intentar una vida aislada de las convenciones y obligaciones que impone la vida en comunidad. Allí construyó su propia casa, cultivó su comida, leyó libros y reflexionó sobre la vida, la sociedad y la naturaleza. El resultado es el influyente escrito titulado Walden, o la vida en los bosques (1854). Casi un siglo después, B.F.Skinner recoge el legado de Thoreau enunciando una serie de principios, que como un decálogo, manifiestan la voluntad de vivir la vida que uno quiere, no la que le toca vivir: ninguna forma de vida es inevitable. Thoreau, considerado uno de los pioneros tanto del pensamiento ecologista como del pacifista, influyó grandes pensadores, entre ellos a Gandhi, quien desarrolló toda una actitud política a partir del ensayo de Thoreau La desobediencia civil; este importante texto, que fuera libro de cabecera de Martin Luther King, está al origen de las disidencias pacíficas en todas partes del mundo, desde movimientos como Occupy Wall Street o los Indignados, hasta las actuales protestas a la forma como somos gobernados. Descontento con una vida llena de complicaciones, Thoreau se retiró a una tierra virgen propiedad de Emerson a ensayar una utopía personal alejada de todo intento persuasivo; allí produjo su manifiesto. Su obra, clave para la literatura y la forma de vida norteamericanos, ha servido de inspiración para muchos otros pensadores, escritores, músicos, cineastas, artistas e incluso arquitectos. En una genealogía interesante, Walden dio paso a Walden 2, la novela utópica de B.F. Skinner, en la que el autor imagina una sociedad ideal construida en la mitad del desierto donde los comportamientos sociales están controlados por las leyes de oferta y demanda de servicios, por la ausencia de la propiedad privada y por la enseñanza de los niños a partir de un esquema de estímulo-respuesta. En los años setenta, el arquitecto catalán Ricardo Bofill leyó a Skinner, y en colaboración con el grupo interdisciplinario Taller de Arquitectura concibió su propia versión de lo que podía ser una sociedad ideal, realizando por auto-gestión un gigantesco proyecto inmobiliario llamado Walden 7. Este gran edificio-fortaleza localizado en Sant-Just Desvern, en las afueras de Barcelona, aspiraba a cumplir el sueño de Thoreau: desestimulaba el consumo suntuario a la vez que incentivaba la vida en comunidad. Volviendo a Thoreau, Walden Pond es hoy un sitio turístico en el que se puede visitar el lago y los bosques que lo inspiraron a escribir su ensayo. Hay, inclusive un placebo para el turista que necesita ver algún objeto: una réplica basada en las descripciones detalladas que Thoreau hace de la cabaña que construyó con sus propias manos, en la cual hay pocos objetos, entre ellos tres sillas: una, para la soledad; dos, para el diálogo; tres, para la sociedad. La utopía de Thoreau se remite a la esencia misma del término acuñado por Tomás Moro, a su raíz etimológica: el no-lugar. Visitar el bosque de Walden tiene algo de fetichista: aquí estuvo, aquí escribió. Sin embargo, lo que yace en la esencia de Walden es la posibilidad de encontrar ese lugar en donde las cosas están en un segundo plano, un lugar que solamente puede ser encontrado en una visita al interior de sí mismo.

 

La exposición inaugural de FLORA es la primera versión de un programa que llamamos Álbum, en el cual tomamos una obra literaria relevante para la discusión sobre los asuntos que orientan a FLORA, y la consideramos como el catálogo (preexistente) de la muestra. Esta primera exposición se realizó en torno a Walden, o la vida en los bosques, el cual establece un marco para muchas obras posteriores que tratan sobre la compleja relación que hemos establecido con la naturaleza –y también sobre el valor positivo del aislamiento cuando se trata de restablecer lazos con ella. Algunas de las obras referencian de manera directa el Walden de Thoreau: Kevin Mancera decidió copiar a mano la totalidad del texto, en un ejercicio de aislamiento y dedicación que emula el realizado por Thoreau en su experimento personal. El Walden de Mancera viene ilustrado con varias de las especies botánicas y zoológicas mencionadas en el texto original.

 

Hay varios temas desarrollados en la exposición, que están presentes en el texto de Thoreau: las utopías colectivas (Marjetica Potrč y su análisis/manifiesto sobre las comunidades aisladas en el Amazonas brasilero; el jardín flotante de Tomás Saraceno, que complementa sus ciudades-nube, herederas de la tradición utópica de los años sesenta; y el edificio-colmena de Luis Fernando Ramírez quien hace una versión en plástico y miel basada en el Walden 7 de Bofill); las utopías personales (los paisajes alucinados de Gabriel Silva, realizados con los colores que restan en la paleta al final de cada jornada; la mirada al bosque, muy íntima y personal, de Luis Hernando Giraldo, y las casas aisladas en el territorio, en el límite entre lo urbano y lo rural, del colectivo Maski). La figura del artista-isla, aislado en su taller o en la soledad de la creación está presente en el trabajo de María Angélica Medina, quien lleva varias décadas (mucho antes de la conceptualización de la llamada Estética Relacional) realizando una obra en proceso que consiste en tejer mientras conversa con la gente: el sub-producto de esas conversaciones es una bella esfera textil, que condensa su paso por el mundo (del arte); en el trabajo de Juan Lealruiz, quien se concentró por más de una década en su estudio, aislado del medio artístico, y que ahora pone toda su vida personal en lo público a través de la página web lealruiz.com; y en la versión de Robinson Crusoe de Guy Ben-Ner, realizada en la cocina de su casa.

Thoreau se retiró al bosque para establecer una relación más estrecha con la naturaleza; las consecuencias de la desconexión que tenemos hoy en día con la tierra en que vivimos se pueden ver en las obras de Ana María Rueda, quien muestra un paisaje desolado por la acción de una catástrofe ambiental, y en la enorme piedra de Miguel Ángel Rojas, quien ha mirado de manera aguda los efectos en el territorio de la guerra contra las drogas. Milena Bonilla, quien en muchas de sus obras señala la resiliencia de la naturaleza frente a la urbanización, la tragedia y el conflicto, presenta una escultura donde ramas/raíces conectan dos temporalidades de la naturaleza: el tiempo geológico, encarnado en una Amonita fósil, y el tiempo actual, en la forma de un musgo que hay que regar diariamente para asegurar que sobreviva.

La figura del ermitaño, ese personaje recurrente en la historia de la humanidad que se retira al bosque para poder encontrarse en la soledad, es evocada en la obra de varios artistas en esta exposición (Gómez y González, quienes realizan una impronta del interior de la cabaña del Ermitaño de Tarifa, personaje que vivió en completo aislamiento durante casi medio siglo; María Isabel Rueda, quien muestra una serie de imágenes que tomó a lo largo de varios años del castillo que el artista Norman Mejía se construyó en Puerto Colombia, aislado de todos para realizar su arte en completa soledad. Su decisión de vida inspiró a Rueda, quien decidió también irse a vivir a Puerto Colombia para llevar una vida regida por sus propias reglas). Alberto Lezaca y Daniel Joseph Martínez se percatan que, además de Thoreau, en la historia de Norteamérica hay otro intelectual que critica de manera virulenta el modelo de progreso ligado a una tecnología deshumanizante, se retira a un bosque, construye su casa y escribe su manifiesto: Theodore Kaczynsky, más conocido como El Unabomber. La saga de desobediencia civil violenta de este ermitaño contemporáneo, enviando bombas a universidades y centros de tecnología, es la cara oscura del sueño de Thoreau, la distopia que corresponde a esa utopía romántica planteada en Walden.

 

La exposición se despliega en la totalidad de Casa FLORA, invitando al público a recorrerla y a conocerla. En una de las habitaciones que destinaremos para los residentes está el trabajo de Tania Candiani, realizado como resultado de su residencia en Honda (Tolima). Candiani propone su versión muy personal de una de las escenas del filme Fitzcarraldo de Herzog: una canoa navega el Río Magdalena con un gramófono tocando música clásica; el barco, el aparato, la música e inclusive el rio mismo, en su manifiesto anacronismo, son todos símbolos de un progreso coartado.

 

Varios artistas realizaron obras permanentes para FLORA: el timbre es una composición sonora de Beatriz Eugenia Díaz, en donde dos pájaros carpinteros se llaman y responden con sus cantos y picoteos en la ventana; la biblioteca fue diseñada por el artista brasilero Daniel Acosta, conocido por sus pabellones que invitan a la reflexión y al diálogo; en el jardín hay un rosal de hielo de Juan Carlos Delgado; y en el patio del segundo piso está la contundente roca de Miguel Ángel Rojas titulada Magritiva en referencia a la surreal roca flotante en el cuadro de Magritte. Pero mientras que la roca del artista belga flota en el espacio del sueño, la roca nativa de Rojas tiene todo el peso de una realidad que no podemos evadir.

 

José Roca.

 

A partir del 21 de septiembre presentaremos la instalación Xilitla, de la artista Melanie Smith, un fascinante registro fílmico de la casa surrealista que el excéntrico inglés Edward James se construyó en el corazón de la selva mexicana.